Más información en La Bodega de El Dorado: http://eldorado.blogspot.com Bar de ARTE COLABORATIVO. Calle Alzira, 25 (VALENCIA)
La primera jam de El Dorado, el pasado jueves, fue una impresionante muestra de lo que puede llegar a convertirse este espacio que ya es tan de todos como nuestro. La coincidencia de varios actos impidió que vinieran todos los que nos hubiera gustado que estuvieran,... pero fue tal la confluencia de energía, entusiasmo por compartir versos, denuncias, y cantos que la tierra debió conmoverse un poco al oírnos.
La noche comenzó una hora más tarde de lo previsto, no porque no estuviéramos todos, sino porque primero charlamos un rato, bebimos otro tanto y nos fuimos poniendo las pilas, algo oxidadas. Empezemos por quienes estuvieron (Todavía no os conozco a todos, así que sólo puedo nombrar a los que les tengo puesta cara y nombre... el resto disculpadme y a la próxima me lo apuntáis en un papelito y me lo recordáis varias veces, ¡Soy un horror para retener datos!) El maestro de ceremonias, Eddie (J. Bermúdez) y su colega de las Jams de El Asesino (que nos dejó boquiabiertos y pintiparados con su poema al amor). Fue memorable el poema de Eddie 'Ivagina' (No sé si se llama así, pero es contundente) .
También estuvo Edu, de la editorial Cocó (por la mañana habían presentado a la prensa en El Dorado la editorial... ahora os lo cuento), acompañado por su primo y socio, Félix Menkar, Fausto Tortosa, Fernando,... Edu y yo nos pasábamos el testigo con hambre de versos y no sé si nos quedarán para la próxima Jam, pero repetiremos. Y hasta Víktor tuvo un ratito para pasarse volando y saludar. Hubo poesía recitada al abrigo de la memoria ilustre, homenajes, recordatorios a los que no estuvieron,... En fin, si queréis saber más veniros a la próxima. Por cierto, que duró más de 3 horas y no aburrimos ni a los clientes habituales que se asomaban sorprendidos a la caverna.
Como no os voy a cansar, sí quiero hacer referencia a dos poemas que leí de Carla Badillo y Lluis Pons:
Por Carla Badillo
La ciudad oscurece antes de tiempo
Los habitantes se alejan cabizbajos
Llueve.
Expulso los demonios de mi mente
Los veo correr despavoridos
Para ocultarse bajo la piel más cercana.
Pero aquí no queda piel donde disimular el miedo
Sólo el agua insistiendo en mi tejado
Como la canción más lenta de Billie Holiday.
Y afuera únicamente la lluvia
removiendo huellas sobre la acera
diluyendo fotos extraviadas en la alcantarilla
borrando toda evidencia.
Alguien se une a la catarsis
y limpia la sangre de sus labios.
Yo también sangré al cortar mi lengua con navajas
Porque las palabras son eso
Filosas navajas que al mal usarlas nos dejan mudos
para siempre.
Pero a pesar de ello no me siento derrotada
Porque tengo formas de gritar sin voz
de volar sesos sin el sonido de la bala
Porque consigo quemar canciones
y cantar con las cenizas
Porque sé pulverizar huesos sin usar mis dientes
Porque aprendí a rugir entre las fieras vagabundas
Porque esta noche y mañana y pasado
Seguiré sobre mis cuatro patas
Aullando poesía.
Por Lluís Pons
Era sencillo, se apagaban las luces,
se retiraba el artista anterior, entraba ella,
se tumbaba sobre el escenario,
al frente y al centro,
haciendo como si durmiera,
con ambas palmas pegadas
entre la cara y la moqueta,
entonces yo contaba cinco segundos,
salía cargando el baúl de madera,
lo colocaba 3 ó 4 pasos detrás suya,
me retiraba, y ya fuera de escena
le decía al Chapis por el auricular:
«Estoy fuera. Dentro luces.»
Y aquello se iluminaba.
Al terminar el número,
lo mismo a la inversa,
cuando ella ya no estaba,
para despejar el terreno.
Así lo hicimos la primera función,
y debíamos repetirlo a la siguiente.
Salí por segunda vez.
De frente a todos, con sigilo,
y la vi recortada entre la oscuridad,
dándome la espalda.
Vi su camisón, su silueta, y su pelo.
Imaginé sus movimientos.
Era risueña y muy guapa,
simpática y hermosa.
Era un ángel de bambalinas.
Llevaba todo el día observándola.
Tenía un acento de Moscú o Medellín,
o Tijuana o Suecia,
o Egipto o Canadá. Quizás de París.
Todo aquello me excitaba demasiado.
Coloqué el mueble en su posición.
Volví a levantar la vista.
Se me puso dura.
Avancé un par de pasos,
me tumbé tras ella, resoplé,
y le agarré las nalgas.
Se me puso más.
Lentamente libró su mano
de su cabeza y agarró la mía,
colocándola delante, sobre su sexo.
La besé en el cuello tres veces,
olía a Moscú o Medellín,
o Tijuana o Suecia,
o Egipto o Canadá. Quizás a Jamaica.
Empezó a tararear una canción
que apenas podía escuchar,
se subió el camisón por detrás,
me desabroché el pantalón,
y me clavé.
Nos quedamos dos segundos sin aliento.
Oía al Chapis por el auricular:
«Demasiado tiempo, ¿qué pasa ahí?»
Contesté: «Estoy dentro. Fuera todo.»
Me maldijo, y soltó una voz en off
de un extraterrestre hablando de planetas.
Seguíamos moviéndonos como orugas,
entre cada vez más placer
y más insultos desde la pecera de control.
El patio de butacas murmullaba,
para el público aquello era
la boca de un lobo oscura y sin espectáculo,
algo incomprensible y absurdo.
Pero para mí aquello estaba siendo
la mejor función del mundo.
Había enanos de dos palmos
con trajes de papel de regalo
de colores brillantes
sobre zancos de bambú,
y una cuerda floja de lava
por la que bailaban tiburones
fumando marihuana.
Caían serpentinas vivas y billetes del techo,
cien elefantes polares de cresta roja
hacían malabares con fuegos fatuos
subidos en máquinas de escribir,
y un sin fin de personajes más que no recuerdo
campaban a sus anchas alrededor.
Pero sólo lo veíamos nosotros.
Me corrí a la vez que la máquina de humo.
Ella creo que también.
El barullo era ya notable entre la gente,
pero a pesar de todo
cuando gemimos
los niños aplaudieron.
Era la primera vez en la vida,
y posiblemente la última,
que alguien les enseñaba el amor
sin intentar convencerles.
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